Reflexiones acerca de América Latina, ensayos políticos, literarios, noticias y algo de mi narrativa.
martes, 27 de marzo de 2012
Una antología poética en el estado Lara
La Antología de la Poesía Universal del Estado Lara, (1886 - 2006) sale a la luz el año 2007 por el Fondo Editorial Río Cenizo, en la ciudad de Barquisimeto, su autor, el poeta José Antonio Yépez Azparren (Barquisimeto, 1960), antologa a un nutrido grupo de poetas larenses, o que han hecho su vida en esa región del país durante el siglo XX. En dicho volumen, su autor ha tenido a bien incluirme.
Existen diversos textos y estudios acerca de la poesía en Lara pero no con la exhaustividad y la extensión de la realizada por Yepez Azparren, la cual nos entrega en esta oportunidad.
El autor, quien dice no creer en poesías regionales, comparte con el mexicano Octavio Paz la noción de que en poesía "los estilos son universales". Para esta compilación, Yepez Azparren , además de la selección ha escrito el prólogo y las notas. En la introducción del libro escribe que ser poeta en provincia no es necesariamente ser un poeta provinciano, si se escriben cosas universales, cosas que se dicen por vez primera.
Esta Antología, realizada de manera cronológica, es además, crítica y el autor se da un largo, minucioso y muy riguroso paseo por 220 años de creación poética en el Estado Lara, ubicado en la región centrooccidental de Venezuela.
Desde Roberto Montesinos, Antonio Arráiz y Pío Tamayo o Hermann Garmendia, hasta Ramón Querales y Luis Alberto Crespo aparecen en este volumen, donde figuramos algunas, pocas mujeres Laura Cracco, Wafi Salih, María Elena Diaz Carmona, Melisa Juara Toro Yetzabeth Perez Anzola y quien esto escribe.
viernes, 2 de marzo de 2012
MARE NOSTRUM (POEMAS)
DEL POEMARIO MARE NOSTRUM ( 2001) Una selección de algo que escribí hace ya bastante tiempo.
Foto By Alexi Gaete
A Zunilda y Clementina, In Memoriam
Los ángeles no guardaron por temor a las represalias
esa llamarada verde que gritaba ante la luna,
esos tus ojos,
un solo dolor multiplicado.
****************
Páginas infinitas
la pantalla,
ventanas vertiendo sólo vacío
imagen de Dios
proyectado de la nada.
****************
En innominada urbe
luminosa,
monótona
te hayas,
como huella digital
inscrita en la pared.
*********
Porque ese ángel desconoce la paciencia
acuñaba palabras
que ya nunca olvidarías.
*********
Los ángeles
miraban incrédulos en este paisaje
la escena de mi no-arrepentimiento
con ojos que eran soles y me herían.
********************
Extravío de estrella,
oculto eco o ensueño
en la copa ofrecida por Leonor de Aquitania.
Falsos resplandores,
esa intuición recobrada
después de tanta muerte.
Foto By Alexi Gaete
A Zunilda y Clementina, In Memoriam
Los ángeles no guardaron por temor a las represalias
esa llamarada verde que gritaba ante la luna,
esos tus ojos,
un solo dolor multiplicado.
****************
Páginas infinitas
la pantalla,
ventanas vertiendo sólo vacío
imagen de Dios
proyectado de la nada.
****************
En innominada urbe
luminosa,
monótona
te hayas,
como huella digital
inscrita en la pared.
*********
Porque ese ángel desconoce la paciencia
acuñaba palabras
que ya nunca olvidarías.
*********
Los ángeles
miraban incrédulos en este paisaje
la escena de mi no-arrepentimiento
con ojos que eran soles y me herían.
********************
Extravío de estrella,
oculto eco o ensueño
en la copa ofrecida por Leonor de Aquitania.
Falsos resplandores,
esa intuición recobrada
después de tanta muerte.
MARE NOSTRUM (Selección de poemas)
Foto By Alexi Gaete
MARE NOSTRUM
A Paola, mi hermana.
Inmiscuida en su sueño
despertando a él por error
bordeaba parajes de insólita floración.
Kilómetros de costanera
nos pertenecían
olas oscuras
lamían incesantes la orilla.
La más hermosa de las soledades
para que tú y yo la caminásemos
y tiempo verdadero
para intentar reseolver,
esos,
nuestros juegos postergados.
***************
El infinito escapó de mí
en loco,
impúdico delirio,
en los ojos
de una estatua dormida.
*******************
Sencillamente,
cabellera dormida,
rendida,
arrastrándose a la otra orilla del sosiego.
*********
A Wafi Salih
Un día decidida,
se muda el alma.
Toma el Metro, ticket sólo de ida,
tercera estación.
Helada la noche aún en sus bolsillos
cuando cae en una ciudad,
que sin tener historia
proyectaba el Dante.
****************
miércoles, 29 de febrero de 2012
Smoke city
Para Marcela Latoja
Este es el recuerdo de una mañana que algunos dirán, inexistente.
La mañana de un tiempo lejano en mi
memoria, de un tiempo que se quedó ahí, junto a las palomas batiendo sus alas
en la ventana, de esas que me atravesaron el pecho como el Espíritu Santo con
sus alas. Si el Espíritu Santo las tuviere. Si el Espíritu Santo existiese.
Eso sucedió una mañana interminable y eso que el tiempo corría tan aprisa, pero,
cosa extraña, esos pájaros en mi ventana
impedían su avance. Eran, en realidad, unas aves que nada tenían que ver ni con
el paso del tiempo ni con la relatividad ni con nada, pero allí estaban: ellos,
mis amigos y las aves del paraíso o del no transcurrir.
Había un sol tibio y tranquilo,
mirando el mar también sereno y uno de mis amigos viajaba al sur y fue a mi
casa a despedirse.
Esa mañana, en verdad, duró todo el
día.
Mas, de pronto recordé que tenía que
ir a trabajar, maldita sea, aunque para qué recordar banalidades, malos ratos,
mala suerte o mala onda como el trabajo, me dije luego, me consolé de
inmediato, me justifiqué en el acto, me
tranquilicé después. Así que nos arrellanamos de nuevo en nuestras sillas y
sillones.
Es la molicie sempiterna y en cambio
un castigo divino, consuelo de los
protestantes, el trabajo, sentencié.
Pero es una mañana tan deliciosa me
dije, le dije a las otras yo que ahí conmigo estaban que así continué, continuamos, dulcemente existiendo
junto al Chardonnay, nuestro otro amigo, en el dolce far niente, porque,
asimismo debió ser el paraíso perdido.
Los avatares del castillo ... un fragmento más extenso para mi lectora número 1.
A
Marcela Latoja, María Troncoso, Lorena Morales, Marcela Lobos y a los que
habitaron o visitaron la casa de calle Castillo 212.
Siempre, en toda familia existe una loca, los textos
feministas la describen: la llaman
también, la loca del ático, el lugar a donde confinan a esta mujer que
en realidad, posee una inteligencia, una sensibilidad superior al del resto de
su mediocre entorno. La incomprensión, a veces la burla, son formas de castigo.
También le dicen a este tipo de mujer, la loca de la cartera. O así le decían a
una amiga mía los más viejos de su familia, antes de que ésta decidiera
confinarse no a un ático, sino a un Museo.
La
loca de la cartera también decía vivir en un castillo, en realidad se trataba
de una casona que quedaba en la calle de
ese mismo nombre, casi al lado del Museo Lord Cochrane, donde nunca vivió el tal
lord pero sí tenía la mejor vista de la ciudad. En ese Museo se erigió el
primer observatorio astronómico del continente y aun antes, tuvo cañones que
debieron ser utilizados contra la Armada Española y más atrás en el tiempo,
contra corsarios ingleses u holandeses como Francis Drake o Shark, quienes arrasaron más de una vez las
costas de este reyno y con las escasas
riquezas de los primeros habitantes. Muy cerca de allí, también se construyó el
Castillo de San José, que fungía de
cárcel, según nos contó una vez don Vicente, un viejecito, dueño del Emporio La
Ardilla. Dicho almacén quedaba un poco más abajo, en esa misma calle,
donde íbamos a comprar cigarrillos.
En esta casa, contigua al museo, que databa del año 1920,
vivieron, antes, las chicas que trabajaban en
el Molino Rojo, un bar que ya no existe. Eso también nos lo contó don
Vicente. Y en verdad que el espíritu de
la remolienda era el de esa casa y se apoderó de todas sus posteriores habitantes, loca de la cartera y otras locas
incluidas, quienes resultaron ser unas auténticas bataclanas posmodernas, una
de ellas estudiaba matemáticas y tocaba el
acordeón subida al techo, según
me han contado, aunque su mayor afición la constituía el ajedrez, mientras
que otra practicaba yoga, tai-chi, leía las runas, el tarot y cuanto medio
esotérico estuviera a su alcance. Una tercera imaginaba sus historias mientras
tejía largas y coloridas bufandas durante los inviernos, historias que después
escribía, mientras que una cuarta recorría la ciudad capturando disparatadas
imágenes con su cámara de los no menos disparatados habitantes.
Llevaban el
cabello corto, pintado de rojo una, de negro azulado la otra, con peinados
hechos por ellas mismas, terceros ojos de plata en la frente y profusión de
anillos. Frecuentaban el bar La playa los miércoles para oír interminables, y a
veces, aburridísima lecturas de poesía, las cuales superaban con profusión de
cervezas o caminaban por las rocosas playas, llenas de algas oscuras dispuestas
como cabelleras en la orilla, acompañadas de gaviotas, cormoranes y, a veces,
hasta tropezaban con algún pelícano.
A
esa casa de calle Castillo, desde la que, por supuesto se veía el mar
brumoso, las tempestades y los barcos arribando o partiendo, llamó una vez a la puerta un borracho, quien
muy amable preguntó por las muchachas de
ese bar; eran casi las 3 de la madrugada
y esa intempestiva visita del hombre buscando compañía, confirmó la veracidad de lo que, hasta
entonces, se creía sólo era un mito o habladurías de vecinos ociosos.
En
la ciudad en que esto que relato sucedió, se han visto desde submarinos antes
que a Julio Verne se le ocurriera escribir acerca de ellos en sus libros,
aeroplanos antes que los hermanos Wrigth, cine antes que los Lumiere, asesinos en serie antes que Jack el
Destripador, conspiradores nazis, espías de toda laya, eso sin contar con
ascensores que se elevan casi al cielo incluso en la actualidad, movimientos
telúricos, embarcaciones espectrales, el mismísimo demonio deambulando por ahí,
monstruos varios y fantasmas de todas clases, que los espíritus en pena no son
privilegio de los ingleses.
Y a propósito de
movimientos telúricos, los cronistas cuentan que cuando el terremoto del año 1906 sacudió esta ciudad
de la cual escribo, se destruyó el cementerio, ubicado en lo alto del cerro,
llamado Cerro Panteón, precisamente por eso, porque lo más notorio y que se
divisa a la distancia, son las cruces y
lápidas de las tumbas.
La violencia
telúrica hizo que la tierra no sólo se abriera, dejando al descubierto las
tumbas, sino que algunos ataúdes fueron aventados, cerro abajo, conteniendo los
esqueletos. Tal sería la magnitud del sismo que algunos sarcófagos fueron a dar a la mismísima Plaza
Aníbal Pinto, entre ellos, el de un soldado de la Guerra del Pacífico de 1870,
cuyo esqueleto aún lucía su uniforme
azul y sus charreteras.
Sí,
demasiados mitos y fábulas para ser vividos y desentrañados en una vida tan
breve.
La
habitante del castillo solía caminar todas las mañanas hasta la Plaza Echaurren
y si tenía dinero suficiente, al Emporio del mismo nombre y que ya no existe, lugar
que databa de principios del siglo XX donde realizaba sus compras. Uno de los
vendedores, el más anciano acostumbraba
saludarla con “qué va a llevar hoy la señorina! Y el otro vendedor, alto y
pálido le decía al final de la compra, “permítame que la contemple”, tras haber
puesto sobre el mostrador de mármol las
botellas de vino, las manzanas deshidratadas y las aceitunas o el queso y té. Después caminaba hasta la panadería Serrano,
y volvía a subir a su casa, esta vez, por la llamada, Escalera de la Muerte,
que contaba más de 167 peldaños y donde una vez, cuando muy joven, Jorge Luis
Borges se había fotografiado. Pero si el dinero escaseaba, sólo compraba el pan
y volvía a subir.
Algunas veces le
tocó trabajar en una escuela, ubicada entre calles Victoria y Morris, pues entre sus muchos oficios estaba el de
titiritera. Casualmente, o no por casualidad, había estudiado allí cuando
pequeña. Esa escuela hoy no existe, un
movimiento telúrico de proporciones también dio cuenta de ella. Tratábase de
una construcción fundada en el año de 1910, debida al arquitecto Alfredo
Azancot. Era una edificación de tres
pisos, con amplias aulas de clase, pisos ajedrezados, techos altísimos, con
terraza y sótanos. Contaba con un teatro donde se llevaban a cabo las
representaciones artísticas de las estudiantes y un gimnasio techado. Sobresalían en esa escuela sus
líneas clásicas y neorrenacentistas, con armónicas fachadas, pero lo que
aparentemente era un bello edificio de valor histórico y arquitectónico que
albergaba año a año a más de 700 niñas, pues se trataba de la Escuela Superior
de Niñas Nro. 6, escondía innumerables y misteriosas leyendas.
Le dijimos a la habitante del Castillo que llevara
alguna de esas historias al mundo titiritesco, porque las de fantasmas suelen
ser las más entretenidas, ya que esta escuela también se
vanagloriaba de tener en su staff no uno sino varios fantasmas que fueron
adicionándose a lo largo de los años y que se disputaban distintas áreas del
recinto. Había algunas monjitas penando desde el siglo XVII, época de la que data
un monasterio edificado anteriormente en ese sitio, en el sector conocido como
El Almendral y que terminó de
derrumbarse el año 1906 tras el espantoso terremoto mencionado más arriba.
Otros fantasmas, en cambio, eran más recientes, como el de una de sus
directoras, que nos dio clases a muchas,
pues yo también estudié allí, dicen que se trataba de la srta. Pilar Martínez.
Ella era hija de españoles, tenía una enorme nariz era pálida, llevaba el pelo
canoso recogido en un moño, sus ojos eran pequeños, verdes e inquisitivos y daba clases de castellano. Su espíritu debió
ser uno de los más recientes o últimos en esa extensa cofradía de fantasmas que
habitaban el viejo edificio. Diversos
espíritus eran más jóvenes, correspondían a antiguas alumnas de la escuela,
algunas murieron trágicamente en ese recinto y esas historias que se contaban
en los recreos, formaban parte del patrimonio, de los recuerdos de varias
generaciones de estudiantes.
La
habitante del castillo se obsesionó con los relatos, muchas veces fantásticos
que las niñas contaban y también se obsesionó con los que recordaba haber oído desde
pequeña y con el firme propósito de representar una obra sobre el tema, emprendió
la tarea de confeccionar las más
maravillosas marionetas que se habían visto en la ciudad. Comenzó a escribir un
guión, su amigo Eric prometió musicalizarlo, compuso algunos pasajes y hasta
grabó texturas electrónicas para tal fin, pero esa obra aún sigue esperando ser
llevada a escena.
Pero
yo estaba escribiendo o contándoles de sus delicadas marionetas de príncipes de
Antiguo Oriente con pequeños bonetes de terciopelo, hadas diminutas de mirada
pícara o ancianos de delicado cabello como plumas blancas y togas azules. Esas
marionetas surcaron mares y cielos, embaladas en los equipajes de turistas y
viajeros, pues era tal su originalidad y belleza que muchas terminaron o
prosiguieron sus vidas e historias, en ciudades como Barcelona, San Francisco, Montpellier,
Kiev o Caracas.
En
particular recuerdo una, aún no
concluida y cuya cabeza estaba al interior de un bolso de viaje. La
misma muñeca de madera llevaba en sus manos su propia cabeza en una bolsa de
raso bordada y caminaba con sus hilos tan tranquila por la casa mientras los
habitantes del Castillo la miraban estupefactos, por no decir horrorizados. E
inventaban distintas historias acerca de esa bella muñeca con vestido de satín
frambuesa y tules y manos de dedos largos de pianista. Era la bella pianista y
el cuento que narraba, no apto para menores.
Eso
sucedió una mañana de octubre, luego de una fiesta descomunal para celebrar su
cumpleaños y donde las copas eran mágicas porque no se vaciaban nunca y hasta
fuegos artificiales hubo que incendiaron
la bahía a medianoche. Después,
ella tuvo una revelación o un sueño, o estaba ya harta de que su vida sólo fuese una suerte de viaje, de un
bello viaje a reinos perdidos en la memoria. Aunque, para ser honestos, lo que
sí había sido real en su vida, era el mar gélido, la soberbia cordillera que la
separaba del mundo, el mes de septiembre y Visotsky.
Pero
a ratos afloraba su lado audaz, hasta práctico o quizás porque, como dijéramos
al inicio, y no por nada, era la loca del castillo, en un breve lapso de esos que tuvo, sin mayores preámbulos ni ceremonias, marchó
a México, mucho antes que nuevos
terremotos y erupciones volcánicas
asolaran este reyno e hicieran tambalear la casona y antes que el Museo
contiguo se viniera abajo y sólo se salvaran los cañones.
Así
pues, se fue a trabajar como restauradora y a vivir, prácticamente, en otro
Museo, lugar donde nada se movía bajo sus pies.
Dijo al principio que marchaba a Ciudad de México, después a Guatemala,
a Costa Rica o a Venezuela, país donde tenía algunos familiares, la verdad, al
principio no estábamos muy seguras de donde se encontraba, hasta que comenzó a
enviarnos fotografías por mail.
De los avatares en el castillo (fragmento)
Bella creación de Marcela Latoja, artista de Valparaíso.
La
loca de la cartera también decía vivir en un castillo, en realidad se trataba
de una casona que quedaba en la calle de
ese mismo nombre, casi al lado del Museo Lord Cochrane, donde nunca vivió el tal
lord pero sí tenía la mejor vista de la ciudad. En ese Museo se erigió el
primer observatorio astronómico del continente y aun antes, tuvo cañones que
debieron ser utilizados contra la Armada Española y más atrás en el tiempo,
contra corsarios ingleses u holandeses como Francis Drake o Shark, quienes arrasaron más de una vez las
costas de este reyno y con las escasas
riquezas de los primeros habitantes. Muy cerca de allí, también se construyó el
Castillo de San José, que fungía de
cárcel, según nos contó una vez don Vicente, un viejecito, dueño del Emporio La
Ardilla. Dicho almacén quedaba un poco más abajo, en esa misma calle,
donde íbamos a comprar cigarrillos.
En esta casa, contigua al museo, que databa del año 1920,
vivieron, antes, las chicas que trabajaban en
el Molino Rojo, un bar que ya no existe. Eso también nos lo contó don
Vicente. Y en verdad que el espíritu de
la remolienda era el de esa casa y se apoderó de todas sus posteriores habitantes, loca de la cartera y otras locas
incluidas, quienes resultaron ser unas auténticas bataclanas posmodernas, una
de ellas estudiaba matemáticas y tocaba el
acordeón subida al techo, según
me han contado, aunque su mayor afición la constituía el ajedrez, mientras
que otra practicaba yoga, tai-chi, leía las runas, el tarot y cuanto medio
esotérico estuviera a su alcance. Una tercera imaginaba sus historias mientras
tejía largas y coloridas bufandas durante los inviernos, historias que después
escribía, mientras que una cuarta recorría la ciudad capturando disparatadas
imágenes con su cámara de los no menos disparatados habitantes.
Sobre los avatares en el castillo
En
particular recuerdo una, aún no
concluida y cuya cabeza estaba al interior de un bolso de viaje. La
misma muñeca de madera llevaba en sus manos su propia cabeza en una bolsa de
raso bordada y caminaba con sus hilos tan tranquila por la casa mientras los
habitantes del Castillo la miraban estupefactos, por no decir horrorizados. E
inventaban distintas historias acerca de esa bella muñeca con vestido de satín
frambuesa y tules y manos de dedos largos de pianista. Era la bella pianista y
el cuento que narraba, no apto para menores.
Marioneta confeccionada por Marcela Latoja.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Mirando Valparaíso desde el Cerro Cordillera, 2002
Mi casa era el viento ululando por Valparaíso,/las luces de Quintero/los perros vagos deambulando por las calles.
En las alturas titeremundanas
John Márquez tras la cámara y Rodrigo Acosta en la dirección del programa infantil Títere Mundachi.
En el bosque titeremundano...
Aunque algunos parezcan mutantes... Noo! Es Títere Mundachi
Grabando en Mérida el programa infantil que dirige Rodrigo Acosta. Un montón de locos creativos con él a la cabeza han dado cuerpo a esta serie televisiva.
En pleno rodaje y con mucho frío.
Un felino porteño
Personaje característico de las calles de Valparaíso, visto por Marcela Latoja.
La ciudad que se deshace lentamente.
Siempre Valparaíso, por Marcela.
Subiendo hacia el Cerro Concepción.
Los colores de la ciudad. By Alex Aguero.
Siempre presente... Allende.
Bajando por Almirante Montt, hacia Plaza Aníbal Pinto. Otra foto de Alex Aguero.
En pleno Almendral, mi escuela.
Escuela Ramón Barros Luco, Valparaíso. Es una construcción que data de 1926 y debe su diseño al arquitecto Alfredo Azancot. Conjuga diversos estilos y aunque ha sido modificada en su interior, aún conserva su misterio, como sus fantasmas, por ejemplo. Quienes estudiamos allí tenemos más de una historia al respecto.






