domingo, 26 de febrero de 2012

DEL TAMAÑO DE MI FE








Los ángeles

miraban incrédulos en este paisaje

la escena de mi no-arrepentimiento

con ojos que eran soles y me herían.







El libro se abre y me muestra lo que quiero ver, lo que deseo, lo que ignoro, lo que temo. Lo que soy o seré y quiénes más vendrán detrás de mí o quiénes estuvieron aquí antes. El libro deja una leve señal para guiarme en la noche oscura del alma. Es como un faro esa luz, ese libro.



A medida que voy internándome en él, comienzo a ver, a percibir, a conocer sus personajes, sus acciones y su particular lógica: por ahí los espectros que me siguen con sigilo desde hace cierto tiempo pero que finjo no ver, por allá asoma un bufón que ensaya morisquetas pero lo ignoro, escucho grillos en pleno centro de la ciudad, mi escenario, después una lluvia pertinaz comienza a caer sobre mí y mi sombrero. Pero no suelto mi libro, lo aprieto contra mi pecho y continuo mi camino, avanzo por este sendero de espinas, sobre brasas ardientes.



Miro el reloj pero sus agujas no se mueven. Por ahí me distraigo, porque miraba el reloj e intentaba calcular la hora, como si el tiempo tuviese valor e importancia en momentos cruciales como este. Después me pierdo, me voy, me desvío, me devuelvo, me duermo, me arrepiento, hago trampas, me quedo esperando que alguien pase, que alguien se apiade, me dé un aventón, hasta que aparece Dios el Salvador, Omnipotente, Omnipresente, Todopoderoso, Misericordioso en su automóvil celeste y sin relámpagos pero con las luces altas y le digo distraída, sentada al borde del camino sobre una piedra, mientras me pinto las uñas de metálico celeste para estar a tono con las celestiales circunstancias: - Cómo, pero si tú no existías, Padre Celestial.- porque una cosa es ser atea y otra muy distinta, maleducada.



Pero el Creador es benigno también y de unas mangas de rayas de suavísima tela emergen sus hermosas manos creadoras, sin callos ni asperezas, ofreciendo un puñado de rojas fresas, extraídas de un campo de fresas para que corran las niñas fresa. Pero el libro también describe en una de sus páginas que al otro lado, digamos que en el bando enemigo, más allá, en la majestuosa y blanca montaña, se encuentra un campo de rojas amapolas donde corren las otras niñas, las que son como yo y para allá parto rauda no vaya a ser que se acaben las amapolas.



Me justifico diciéndole al Padre Eterno que disculpe, después de todo soy sólo una fémina, es decir, un ser de fé menor y qué culpa tengo que a los hombres del medioevo se les ocurriese establecer sus prejuicios acerca de mí como una verdad inamovible. Así pues, en realidad la culpa de mi volubilidad y escasa fé la tienen ellos, no yo. Todas las historias que nos cuentan han sido una enorme patraña construida por los hombres para intentar explicarse a sí mismos y de paso someternos a nosotras. Aunque quizás la conducta humana no ha sido más que producto de un moldeado, de un modelado a través de proteínas presentes en nuestro código, en nuestro ADN y quizás, y sólo quizás, si las inhibiéramos podríamos cambiar, dejar de ser los hombres y las mujeres que somos y convertirnos en otros y otras distintas, mejores.



Luego de este arranque de feminismo, de ingenuidad al pensar en la bondad natural, de pensamiento pseudocientífico, porque no soy ni bióloga ni nada, veo que por allá lejos se divisa una iglesia con su respectivo púlpito. Pienso que las construcciones filosóficas al igual que los templos no dejan de resultar fascinantes y que los orientales más orientales plantean que el fin último es dejar de pensar y contemplar. También algunos de sus edificios sagrados son de una simpleza maravillosa. Así que mejor contemplemos y no hablemos pero de todas formas algo tengo que decir antes de desaparecer, de caer en el vacío, me justifico.



Para decirle esto me he subido al púlpito de la iglesia colonial que aún queda en pie en esta ciudad, una iglesia pintada de blanco, techo con vigas de madera y santos polícromos por todos lados. Aunque le temo a las alturas - voy asiéndome de la frágil baranda de madera oscura- no puedo perder quizás la única oportunidad que tendré en la vida de ocupar el sitial que históricamente ha sido patrimonio de los hombres. Así que llego hasta arriba y abro el libro. Se ve todo distinto desde las alturas, aunque me separan apenas unos metros de la feligresía que lee revistas y come papitas fritas sin mayor recato ni recogimiento alguno, mientras esperan mi revelación.



Pronuncio mis breves y oportunas palabras, ellos se quedan con la boca abierta, me bajo del púlpito y me voy corriendo al campo florido.



Un Chardonnay frío y unas peras en la terraza me aguardan desde hace rato. Llego con las mejillas arreboladas de tanto correr y mi ramo, también colorado, en una mano. Son muchas las flores recogidas, claro que tuve que luchar por ellas a brazo partido, en realidad, me caí a trompadas con varios, deseosos de arrebatármelas. Yo olvido por un momento mis modales de señorita y me comporto como un estibador; los maldigo a todos y les muestro mi Parabellum sin balas, pero igual se asustaron y salieron corriendo.



Oigo unas botas sonando a lo lejos; ¿Será el Misericordioso acercándose inexorable, implacable para señalar en ese libro mis pecados? Qué manía la suya esa de querer redimirme cuando prefiero propinarme solita mis cien latigazos reglamentarios cada vez que el remordimiento me muerde el alma, o el sitio donde imagino que ésta se encuentra. Pero simulo no oírlo y bebo Chardonnay del cáliz sagrado.



Todo eso aparece en ese libro que es el faro que nos guía y me ilumina en las noches mientras afuera sigue cayendo la lluvia. Yo, como siempre, continúo bebiendo.



Así dice el libro. Eso fue lo que me enseñó y yo, religiosamente, me lo creo.

LAS BATALLAS DE VALPARAISO, QUE SEGÚN CUENTAN, ERA EL PARAISO




Mi casa era la proa de un barco
desde donde me asomaba a mirar el anfiteatro del radiante y  sórdido mundo en  que vivía. 




Era como un aire de batucada el que se escuchó cierta vez por las calles. En aquel tiempo,  las batallas se producían en mi cabeza, como cuando Atenea surgió entre el clamor y las armas batiéndose y rechinando, es decir que no lo imaginé. Fue real la música que escuché y como producía un ruido ensordecedor de esos  que no la deja a una dormir ni concentrarse ni hacer nada, no me quedó más remedio que salir y sumarme a la alegre y despreocupada multitud.

Nosotras, porque esto incluye a varias,  nos plegamos a ese carnaval y  seguimos al rebaño bailando, como si nada, porque no podíamos parar de girar y bailar, éramos como las Bacantes pero sin Baco y tan felices.  Una lluvia se desató de pronto, una lluvia de luciérnagas, de hojas de papel como pájaros que después se guarecieron en ventanas y azoteas. Sonaron techos y latas de zinc: eran las gotas que golpeaban.

Así eran las batallas que soñaba y las que no soñaba, también. Así las nubes, así la neblina que corría por entre los viejos edificios abandonados, como espectros, como una nube tóxica, como un castillo lleno de fantasmas y no daba miedo nada de eso que veíamos o escuchábamos porque se trataba de una ciudad mágica, claro que con muchos ratones, basura y una legión de perros vagabundos.

Valparaíso, que así se llama la ciudad,  era una fiesta interminable, el olor yodado  del mar en nuestras narices y el viento agitando  bufandas cuando subíamos por Almirante Montt, bajábamos por Urriola o estábamos a punto de volar desde los funiculares mientras nos miraban los gatos, el mar iluminaba hasta la avenida Errázuriz con sus edificaciones como  proas de vacías embarcaciones, buques fantasmas en medio de la noche, la niebla, los mendigos y  sirenas de barcos partiendo sin nosotras que agitábamos pañuelos en calle Papudo, cerca del Hotel Turri, o en la calle Templeman donde crece la hierba entre los adoquines.

En esa batallas también se encontraban de vez en cuando unos vampiros que bebían jugo de arándanos y rojas y frescas sandías. Eran vampiros para la foto, para las portadas de revistas, para la historia, para el recuerdo,  a los que a veces se veía descender de los funiculares.  Eran unos vampiros un poco retro que deambulaban con largos, pesados y bellos abrigos que se elevaban con el viento helado que corría, que ululaba a esas horas de la madrugada. Unos vampiros que declamaban a Pessoa e iban murmurando un poema suyo mientras las gotas frías mojaban sus rostros ocultos por el ala de los sombreros. Era como una película en blanco y negro de Wilhem Murnau todo aquello y esos vampiros, unos verdaderos exhibicionistas. 

Sé de uno en particular que se parecía a Gary Oldman, usaba unos espejuelos iguales a los suyos y detrás estaban sus ojos hipnóticos y seductores. Lo conocí, porque mi amiga, que en aquel entonces se creía Wynona Ryder era su novia, y me lo presentó una noche.  Ambos vivían en un juego interminable reproduciendo una y otra vez aquel film que los fascinaba.

Otros vampiros eran más posmodernos  y  paseaban por las plazas, por Aníbal Pinto, por Condell, por Plaza Victoria, con lentes oscuros esperando el inicio de las funciones en los teatros y los cines. Vestían de negro, como sacerdotes, pero Giorgio Armani, llevaban los ojos delineados, medallones de plata,  negro el cabello,  hermosos anillos y algunos eran tan bellos como princesas, se apeaban de autos último modelo y hasta firmaban autógrafos como estrellas de rock, como djs europeos en el Muelle Barón. Se trataba esta de una batalla de la estética.

Todo eso vi en Valparaíso, puedo dar fe de ello, no me lo contó nadie ni lo soñé, porque una madrugada, cuando volvía a casa, me topé a uno de esos vampiros en la puerta y tuve que darle algunas monedas. Claro que era uno de esos vampiros cronófagos,  los  más abundantes y hay que deshacerse cuanto antes de ellos.

En otra ocasión  vi un mar rojo, un mar oscuro como las cerezas y oloroso. Un mar que corría por las calles de Valparaíso. En realidad había sido un container que transportaba Carmenere  y que fue chocado por otro camión en la carretera que iba a Santiago de Nueva Extremadura. Así fue entonces, que aquella noche el vino bañó el pavimento y no pocos fueron a recoger ese regalo de los dioses paganos, ese precioso obsequio dionisíaco, más valioso que el oro que  alcanzaba para llenar tinas, tinajas, toneles y bañeras, y que era más que el mismísimo mar pacífico de las costas de Valparaíso.

Y fueron muchos los llamados, y nunca como entonces se vio tanta anónima solidaridad a la hora de la repartición, a la hora de recoger y salvar esa fuente generosa que manaba del container. Mientras, el conductor del camión, desde la acera de enfrente, encendía un cigarrillo resignado y continuaba telefoneando a sus amigos para que acudiesen al sitio del suceso.

Ese festín  constituía otra batalla, pero contra el tiempo. Así fue que desde entonces esa calle huele como el gigantesco piso de un bar. Y esta historia tampoco me la contó nadie, porque yo misma fui una de las que bebió del Carmenere esa noche de noviembre y varias noches más que siguieron.

También sé de otras batallas, de otras historias un poco más sórdidas, más oscuras,  más anónimas, más distantes en el tiempo y la memoria; a ellas me referiré en otra ocasión, porque son de esas batallas que sí dan mucho miedo y hay que contarlas el día o la noche de San Juan o de San Bartolomé.

El primero es el que se aparece montado en una higuera a medianoche y promete enseñarte a tocar la guitarra, el acordeón o el laúd  antes del amanecer. Eso, si te atreves a subir con él. Tales historias son para narrarlas a una nutrida concurrencia, como por ejemplo un grupo de niños muy pequeños que no quiere irse a dormir.

El segundo en cambio, San Bartolomé, no regresa a su casa al amanecer, permanece suelto el año entero causando toda suerte de desmanes y en verdad que sus historias son terribles. Algunos dicen que se oculta en una cueva  subterránea con los botines que obtiene. En este punto, debo recordar que la ciudad de la cual les hablo, se erige una parte sobre el mar  y los restos de naufragios y la otra, sobre cavernas muy profundas.  Hay quienes sostienen que se esconde en los muelles y parte cada año en un barco a algún rincón del planeta a librar otras sombrías batallas pero después regresa a la ciudad, no vayan a creer.

LA CASA EN EL AIRE

El castillo que vuela es mi casa. Un trasto inviable como construido por la imaginación de Leonardo Da Vinci lleno de recovecos, engranajes y poleas, laberintos, sombreros y conejos, sin relojes ni cerrojos. Un universo como suspendido por hilos con una clave mágica para que nadie pueda entrar. Allí vive el hijo amado, acunado por el murmullo del mar lejano. El castillo que está en el cielo y a estas horas sobrevuela la ciudad, es mi hogar. Allí escribo, monitoreo el mundo, lo analizo y creo otros mundos, mejores, para mi hijo: Son la noche en un faro al fin del mundo. Son ballenas y lobos marinos guiándolo entre las olas con acordeones y capitanes de gorras azules y pipas. Son fantasmas subiendo a los funiculares que eleva el viento. Son trenes que transitan raudos por rieles en una isla imaginaria, atravesando túneles, estaciones, puentes y empinadas colinas. Son batallas de guerreros nipones imperiales. Son dragones de fuego, espadas y castillos medievales. Son viajeros interestelares como Ziggy Stardust con una guitarra al hombro o el Pequeño Príncipe y su fiel zorro equilibrándose sobre un aeroplano, con su libreta de hojas y corderos. Son princesas posmodernas en bosques de asfalto. Son dioses jaguares en la guerra florida. Son hadas vestidas por John Galliano. Son príncipes bellos como mi hijo, cruzando mares, desiertos y montañas cubiertas de nieve las historias que le cuento. Son cuentos que le cuento para que se duerma tranquilo y olvide por un instante que habita un castillo que está en el aire. No quiero que despierte y se asuste y entonces, vuelta a contarle otro cuento.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Familia... una parte.


Con mi querido Emiliano y Libertad.

martes, 21 de septiembre de 2010

DICEN QUE UN CHEF NUNCA OLVIDA EL NOMBRE DEL MUERTO







A mi amigo Max Alarcón, fabulando y
cocinando en alguna parte del
continente americano.



Los seres humanos creemos que hemos dejado de ser salvajes porque alguien inventó la salsa bechamel y porque ya no comemos los alimentos crudos. Algo que no es válido para los japoneses y su cocina tan de moda hoy en día. Pero ocultando el hecho de que cometemos asesinato, sentimos que nuestra conciencia queda a salvo y nada importan los cerditos, las gallinitas o las vaquitas.

El llamado arte culinario se basa entonces en un asesinato, cometido con toda clase de alevosías. Pero si el hombre civilizado arrebata la vida de un animal o de una planta y se come los cadáveres crudos, será señalado con el dedo como un monstruo capaz de bestialidades estremecedoras. Pero si ese mal salvaje trocea el cadáver, lo marina, lo adereza, lo guisa y se lo come, su crimen se convierte en cultura y merece memoria, libros, disquisiciones, teoría, casi una ciencia de la conducta alimentaria. Así escribe Vázquez Montalbán, no una, sino varias veces y de distinta manera en sus novelas, cuando teoriza o reflexiona acerca de la conducta humana, la sociedad y la cultura, siendo quizás la más nueva de sus disciplinas, la crítica gastronómica.

Igualito pensaba Max, aunque más desordenado y sin tanto florilegio lingüístico, tras leer una de las novelas de Vázquez Montalbán, “Milenium Viaje a Kabul” con una aventura más de Pepe Carvahlo y su escudero Biscuter, iba en el capítulo en que el protagonista da una extensa y bien documentada explicación acerca de la cocina hindú, específicamente la cocina del Raj, receta incluida, la cual transcribió con todo detalle en su cuaderno personal.

Max era chef, y ejercía su oficio como un sacerdocio. Un sacerdocio un tanto sacrílego, a decir verdad, pues sus patitas andariegas y sin destino lo llevaban a buscar aventuras y experiencias gastronómicas y en realidad, experiencias de toda índole en los extremos del continente: desde San Pedro de Atacama hasta la Patagonia, Buenos Aires, Lima o San Pablo, Quito o Isla Margarita, en Venezuela. Sus peripecias, en busca del grial de la gastronomía no lo dejaban quieto en ninguna parte. No bien había aprendido de los sabios de la cocina de algún pueblo, extraído el secreto culinario de alguna amable anciana a la que cargaba las bolsas de las papas, o intercambiado en alguna celebración o fiesta culinaria de fin de curso de estudiantes de gastronomía, recetas o trucos, con éstos o sus colegas, se marchaba raudo. Muchos tesoros llevaba ya en su mochila, en su libreta, en un pendrive que conectaba en algún cyber y luego vertía en su blog. Tesoros que, si fuese más ordenado podrían alcanzar, algún día, la forma de un libro. Eso, si la concreción de su soñado restaurante, le dejaba algún margen de tiempo para la escritura.

Max era eximio pastelero y panadero, como gustaba presentarse, aunque le hacía a todo, de todo quería aprender: desde fusión, cocina étnica o mediterránea, mexicana o japonesa, peruana o hindú. Atrincherado entre potajes y cazuelas, frasquitos con estragón, eneldo, Guayabita del Perú, ristras de ajos al cinto o alcachofas a guisa de lanzas. Así se lo encontraba casi siempre, sea en la cocina de turno o en el Mercado Principal al que acudía cada mañana. una construcción al estilo de los mercados ingleses, con escaleras a ambos lados que no se encuentran al llegar arriba y con pequeños locales de comida típica en el tercer piso. Esa construcción que siempre fue gris y ahora la Municipalidad, en un arranque de audacia pintó de rojo y amarillo pálido, data de comienzos del siglo XX.

En cierta ocasión, Max llegó de un viaje al litoral, trayendo en su morral unos cangrejos tan frescos, tan frescos que uno de ellos se había salido de su bolsa y trepado por el asiento del autobús y una pasajera se puso a gritar al verlo. Otro cangrejo corrió peor suerte pues fue aplastado por una bota, parece que otro fue capturado y uno no apareció más. Su relato constituía más un parte de guerra, entre muertos y desaparecidos, claro que los cangrejos supervivientes no tendrán mejor suerte, la olla los espera al final de la tarde para convertir su delicada carne en un pastel memorable. Max estaba rojo como un cangrejo y exhibe su menguado trofeo cangrejil que alcanzará apenas para elaborar ese plato con el que espera impresionar a la concurrencia de esa noche.

A su paso por el Perú, país de gran tradición culinaria, gracias a la mezcla de culturas, aprendió la elaboración del manjar blanco preparado con gallina deshilachada como hebras de azafrán, agua de rosas, leche de cabras, almendras y harina de arroz. Plato exquisito que en Lima recibe el nombre de Manjar real del Perú y en Arequipa, donde, según me cuenta, lo tiene prisionero una encantadora arequipeña, el de Manjar Blanco del Misti, en honor al volcán o nevado de esa ciudad. Este dulce, dice Max, se acompañaba de un chocolate tan espeso que la cuchara tenía que estar parada en medio de la taza.

Los estudios de género, el matriarcado selknam y otras reflexiones.





A propósito de los estudios de género, me pidieron escribir la introducción para el libro IMÁGENES DE LA AUSENTE, de la poeta venezolana WAFI SALIH. Estas son mis reflexiones.



“A dónde fueron las mujeres que cantaban como los
Tamtam (canarios)?. Había muchas mujeres. ¿A
dónde fueron?, “

Lola Kiepja, última Selk"nam de Tierra del
Fuego.



En la mitología del pueblo Selk´nam, de Tierra del Fuego, exterminado por la presencia del hombre blanco en el siglo XIX, la presencia de las deidades femeninas era preponderante. Un mito señala que en la era de hówenh, Luna, era el chamán más poderoso. Ella y las demás mujeres dominaron a los hombres. La sociedad hówenh era pues un Matriarcado. Los grandes chamanes hombres: Sol, Viento, Lluvia y Nieve, así como todos los hombres, se ocupaban de las tareas humildes: llevar las cargas cuando las familias se desplazaban, cocinar, vigilar a los bebés y a los hijos pequeños, traer el agua para el uso doméstico, etc.

Las jóvenes hówenh accedían a la posición social de mujer adulta por medio del rito llamado hain, ceremonia donde ciertas mujeres ya iniciadas, se disfrazaban de espíritus, usando altas máscaras. Así cada vez que se celebraba el rito los hombres veían a los espíritus manifestar su solidaridad con las mujeres y su aprobación por el dominio que ellas ejercían sobre la sociedad hówenh. Ese era el orden inquebrantable del universo. Por lo menos así parecía desde "siempre", hasta que un día unos hombres hówenh, todos asociados al Sol, se acercaron al hain para espiar y lograron sorprender a uno de los “espíritus" en el acto de disfrazarse y se dieron cuenta enseguida que todos los "espíritus" no eran sino mujeres disfrazadas. Descubierta la verdad, los hombres hówenh mataron a todas las mujeres y también a las jóvenes iniciadas en el secreto que había sido tan celosamente guardado de los hombres durante milenios. El hain o ritual, se convirtió en privilegio de los hombres, quienes, a su vez guardaron el secreto y desde aquel entonces, es que los hombres ejercen la dominación sobre las mujeres y la sociedad pasó a convertirse en un patriarcado.

Recurro a este mito de Tierra del Fuego, perteneciente a uno de los pueblos precolombinos menos conocido de nuestro continente, y cuya cultura encierra un universo desbordante de espiritualidad, belleza y significados, porque intenta explicar, desde la cosmovisión de los Selk`nam, por qué son los hombres quienes ejercen el dominio o control sobre las mujeres.

Es el discurso que da cuenta de una forma de simulación, la de las mujeres que se “convierten” en espíritus y engañan así a los hombres, el mecanismo escogido para mantener el dominio matriarcal. Es también este mito acerca de la justificación de la violencia y la muerte por parte de los hombres como respuesta al engaño descubierto. Y, nuevamente, es el conocimiento vedado, esta vez a las mujeres como mecanismo para perpetuar el dominio de un grupo, ahora convertido en sociedad patriarcal.

En los mitos bíblicos “apócrifos” será el Conocimiento el motivo de la “caída”, y culpable será la mujer, pero no es sino una interpretación, la voz masculina, el discurso totalizante y totalizador de los patriarcas quienes aprovecharán de endosarle al sexo femenino culpas, castigos y sufrimientos. Es una interpretación efectuada a la medida de la mentalidad masculina y el inicio, la explicación por así decirlo, desde una perspectiva histórica, de la cultura patriarcal. Un discurso sacralizado porque ha sido el propio Dios – dicen los hombres - quien ha decidido que así sea. Convenientemente, fuera de estos relatos ha quedado la sin par Lilith, la deslumbrante primera mujer de Adán, quien, como toda mujer divorciada o que ha abandonado el hogar para buscar su propio camino, es silenciada por la familia. De ella se omite hablar, es algo así como la loca del ático. Nuevamente es el ocultamiento la forma de dominación.


Me pareció interesante recurrir a estas historias, a estas explicaciones míticas, a estos hermosos discursos y voces intemporales que vienen hasta nosotros para hacernos reflexionar acerca de los discursos de género, un tema de múltiples voces que WAFI SALIH, aborda en sus ensayos que llevan por título IMÁGENES DE LA AUSENTE. Un asunto que se mantiene siempre vigente, y ello, debido a que los viejos paradigmas hegemónicos persisten en ser legitimados por los discursos y prácticas dominantes en las sociedades contemporáneas. Ello, pese al innegable avance que hemos alcanzado las mujeres en materia de derechos políticos, sociales, reproductivos o económicos durante el siglo XX y lo que va de este. Pero no es suficiente, no lo sentimos así y no se trata de quitarle o ganarle espacios al hombre. Y es que las prácticas que mantienen silenciadas a las mujeres, se perpetúan y parecieran decir a cada momento “esto ha sido así desde tiempos inmemoriales” justificando de esta manera la dominación y el cercenamiento de las voces femeninas, a las que Salih llama “ausentes”.

La voz de Wafi Salih es una invitación a asomarse a nuevas formas de subjetividad para referirse al sujeto femenino. Una relectura acerca de los Estudios de Género, planteado desde lo sociológico y filosófico, pero también desde lo poético y lo mítico en y a través de la escritura de y sobre mujeres. Para ello la autora selecciona cuidadosamente, con rigor intelectual y con pasión, los mitos, las historias, los relatos, los personajes, los discursos que apoyarán su tesis,

Sí, es ambiciosa la propuesta discursiva de Wafi Salih, pero además, la autora nos sugiere revisar los paradigmas que en torno a la mujer, han creado, fundamentalmente, las voces patriarcales y canónicas, y propone, en cambio, un diálogo que busca mostrar las complejas y diversas construcciones que dan cuerpo a las identidades de los muchos “sujetos femeninos”. Como si ello fuera poco, nos invita a imaginar nuevas formas de subjetividad. Porque de lo que tratan estos ensayos es de ofrecer una interpretación plural, múltiples lecturas desde la perspectiva del sujeto femenino que critica y cuestiona las matrices morales, políticas e ideológicas marcadas en el relato como proceso entrecruzado de ficción e historia. A la vez, plantea una modificación discursiva y, por qué no, conductual, en las relaciones entre los géneros.

miércoles, 31 de marzo de 2010

De Oda a Valparaíso... Neruda


VALPARAÍSO,
qué disparate
eres,
qué loco,
puerto loco,
qué cabeza
con cerros,
desgreñada,
no acabas
de peinarte,
nunca
tuviste
tiempo de vestirte,
siempre
te sorprendió
la vida,
te despertó la muerte,
en camisa,
en largos calzoncillos
con flecos de colores,
desnudo
con un nombre
tatuado en la barriga,
y con sombrero,
te agarró el terremoto,
corriste
enloquecido,
te quebraste las uñas,
se movieron
las aguas y las piedras,
las veredas,
el mar,
la noche,
tú dormías
en tierra,
cansado
de tus navegaciones,
y la tierra,
furiosa,
levantó su oleaje
más tempestuoso
que el vendaval marino,
el polvo
te cubría
los ojos,
las llamas
quemaban tus zapatos,
las sólidas
casas de los banqueros
trepidaban
como heridas ballenas,
mientras arriba
las casas de los pobres
saltaban
al vacio
como aves
prisioneras
que probando las alas
se desploman.

Mirando Valparaíso desde el Cerro Cordillera, 2002

Mirando Valparaíso desde el Cerro Cordillera, 2002
Mi casa era el viento ululando por Valparaíso,/las luces de Quintero/los perros vagos deambulando por las calles.

En las alturas titeremundanas

En las alturas titeremundanas

John Márquez tras la cámara y Rodrigo Acosta en la dirección del programa infantil Títere Mundachi.

John Márquez tras la cámara y Rodrigo Acosta en la dirección del programa infantil Títere Mundachi.

En el bosque titeremundano...

En el bosque titeremundano...

Aunque algunos parezcan mutantes... Noo! Es Títere Mundachi

Aunque algunos parezcan mutantes... Noo! Es Títere Mundachi
Grabando en Mérida el programa infantil que dirige Rodrigo Acosta. Un montón de locos creativos con él a la cabeza han dado cuerpo a esta serie televisiva.

En pleno rodaje y con mucho frío.

Un felino porteño

Un felino porteño
Personaje característico de las calles de Valparaíso, visto por Marcela Latoja.

La ciudad que se deshace lentamente.

La ciudad que se deshace lentamente.
Siempre Valparaíso, por Marcela.

Subiendo hacia el Cerro Concepción.

Subiendo hacia el Cerro Concepción.
Los colores de la ciudad. By Alex Aguero.

Siempre presente... Allende.

Siempre presente... Allende.
Bajando por Almirante Montt, hacia Plaza Aníbal Pinto. Otra foto de Alex Aguero.

En pleno Almendral, mi escuela.

En pleno Almendral, mi escuela.
Escuela Ramón Barros Luco, Valparaíso. Es una construcción que data de 1926 y debe su diseño al arquitecto Alfredo Azancot. Conjuga diversos estilos y aunque ha sido modificada en su interior, aún conserva su misterio, como sus fantasmas, por ejemplo. Quienes estudiamos allí tenemos más de una historia al respecto.