martes, 21 de septiembre de 2010

DICEN QUE UN CHEF NUNCA OLVIDA EL NOMBRE DEL MUERTO







A mi amigo Max Alarcón, fabulando y
cocinando en alguna parte del
continente americano.



Los seres humanos creemos que hemos dejado de ser salvajes porque alguien inventó la salsa bechamel y porque ya no comemos los alimentos crudos. Algo que no es válido para los japoneses y su cocina tan de moda hoy en día. Pero ocultando el hecho de que cometemos asesinato, sentimos que nuestra conciencia queda a salvo y nada importan los cerditos, las gallinitas o las vaquitas.

El llamado arte culinario se basa entonces en un asesinato, cometido con toda clase de alevosías. Pero si el hombre civilizado arrebata la vida de un animal o de una planta y se come los cadáveres crudos, será señalado con el dedo como un monstruo capaz de bestialidades estremecedoras. Pero si ese mal salvaje trocea el cadáver, lo marina, lo adereza, lo guisa y se lo come, su crimen se convierte en cultura y merece memoria, libros, disquisiciones, teoría, casi una ciencia de la conducta alimentaria. Así escribe Vázquez Montalbán, no una, sino varias veces y de distinta manera en sus novelas, cuando teoriza o reflexiona acerca de la conducta humana, la sociedad y la cultura, siendo quizás la más nueva de sus disciplinas, la crítica gastronómica.

Igualito pensaba Max, aunque más desordenado y sin tanto florilegio lingüístico, tras leer una de las novelas de Vázquez Montalbán, “Milenium Viaje a Kabul” con una aventura más de Pepe Carvahlo y su escudero Biscuter, iba en el capítulo en que el protagonista da una extensa y bien documentada explicación acerca de la cocina hindú, específicamente la cocina del Raj, receta incluida, la cual transcribió con todo detalle en su cuaderno personal.

Max era chef, y ejercía su oficio como un sacerdocio. Un sacerdocio un tanto sacrílego, a decir verdad, pues sus patitas andariegas y sin destino lo llevaban a buscar aventuras y experiencias gastronómicas y en realidad, experiencias de toda índole en los extremos del continente: desde San Pedro de Atacama hasta la Patagonia, Buenos Aires, Lima o San Pablo, Quito o Isla Margarita, en Venezuela. Sus peripecias, en busca del grial de la gastronomía no lo dejaban quieto en ninguna parte. No bien había aprendido de los sabios de la cocina de algún pueblo, extraído el secreto culinario de alguna amable anciana a la que cargaba las bolsas de las papas, o intercambiado en alguna celebración o fiesta culinaria de fin de curso de estudiantes de gastronomía, recetas o trucos, con éstos o sus colegas, se marchaba raudo. Muchos tesoros llevaba ya en su mochila, en su libreta, en un pendrive que conectaba en algún cyber y luego vertía en su blog. Tesoros que, si fuese más ordenado podrían alcanzar, algún día, la forma de un libro. Eso, si la concreción de su soñado restaurante, le dejaba algún margen de tiempo para la escritura.

Max era eximio pastelero y panadero, como gustaba presentarse, aunque le hacía a todo, de todo quería aprender: desde fusión, cocina étnica o mediterránea, mexicana o japonesa, peruana o hindú. Atrincherado entre potajes y cazuelas, frasquitos con estragón, eneldo, Guayabita del Perú, ristras de ajos al cinto o alcachofas a guisa de lanzas. Así se lo encontraba casi siempre, sea en la cocina de turno o en el Mercado Principal al que acudía cada mañana. una construcción al estilo de los mercados ingleses, con escaleras a ambos lados que no se encuentran al llegar arriba y con pequeños locales de comida típica en el tercer piso. Esa construcción que siempre fue gris y ahora la Municipalidad, en un arranque de audacia pintó de rojo y amarillo pálido, data de comienzos del siglo XX.

En cierta ocasión, Max llegó de un viaje al litoral, trayendo en su morral unos cangrejos tan frescos, tan frescos que uno de ellos se había salido de su bolsa y trepado por el asiento del autobús y una pasajera se puso a gritar al verlo. Otro cangrejo corrió peor suerte pues fue aplastado por una bota, parece que otro fue capturado y uno no apareció más. Su relato constituía más un parte de guerra, entre muertos y desaparecidos, claro que los cangrejos supervivientes no tendrán mejor suerte, la olla los espera al final de la tarde para convertir su delicada carne en un pastel memorable. Max estaba rojo como un cangrejo y exhibe su menguado trofeo cangrejil que alcanzará apenas para elaborar ese plato con el que espera impresionar a la concurrencia de esa noche.

A su paso por el Perú, país de gran tradición culinaria, gracias a la mezcla de culturas, aprendió la elaboración del manjar blanco preparado con gallina deshilachada como hebras de azafrán, agua de rosas, leche de cabras, almendras y harina de arroz. Plato exquisito que en Lima recibe el nombre de Manjar real del Perú y en Arequipa, donde, según me cuenta, lo tiene prisionero una encantadora arequipeña, el de Manjar Blanco del Misti, en honor al volcán o nevado de esa ciudad. Este dulce, dice Max, se acompañaba de un chocolate tan espeso que la cuchara tenía que estar parada en medio de la taza.

Los estudios de género, el matriarcado selknam y otras reflexiones.





A propósito de los estudios de género, me pidieron escribir la introducción para el libro IMÁGENES DE LA AUSENTE, de la poeta venezolana WAFI SALIH. Estas son mis reflexiones.



“A dónde fueron las mujeres que cantaban como los
Tamtam (canarios)?. Había muchas mujeres. ¿A
dónde fueron?, “

Lola Kiepja, última Selk"nam de Tierra del
Fuego.



En la mitología del pueblo Selk´nam, de Tierra del Fuego, exterminado por la presencia del hombre blanco en el siglo XIX, la presencia de las deidades femeninas era preponderante. Un mito señala que en la era de hówenh, Luna, era el chamán más poderoso. Ella y las demás mujeres dominaron a los hombres. La sociedad hówenh era pues un Matriarcado. Los grandes chamanes hombres: Sol, Viento, Lluvia y Nieve, así como todos los hombres, se ocupaban de las tareas humildes: llevar las cargas cuando las familias se desplazaban, cocinar, vigilar a los bebés y a los hijos pequeños, traer el agua para el uso doméstico, etc.

Las jóvenes hówenh accedían a la posición social de mujer adulta por medio del rito llamado hain, ceremonia donde ciertas mujeres ya iniciadas, se disfrazaban de espíritus, usando altas máscaras. Así cada vez que se celebraba el rito los hombres veían a los espíritus manifestar su solidaridad con las mujeres y su aprobación por el dominio que ellas ejercían sobre la sociedad hówenh. Ese era el orden inquebrantable del universo. Por lo menos así parecía desde "siempre", hasta que un día unos hombres hówenh, todos asociados al Sol, se acercaron al hain para espiar y lograron sorprender a uno de los “espíritus" en el acto de disfrazarse y se dieron cuenta enseguida que todos los "espíritus" no eran sino mujeres disfrazadas. Descubierta la verdad, los hombres hówenh mataron a todas las mujeres y también a las jóvenes iniciadas en el secreto que había sido tan celosamente guardado de los hombres durante milenios. El hain o ritual, se convirtió en privilegio de los hombres, quienes, a su vez guardaron el secreto y desde aquel entonces, es que los hombres ejercen la dominación sobre las mujeres y la sociedad pasó a convertirse en un patriarcado.

Recurro a este mito de Tierra del Fuego, perteneciente a uno de los pueblos precolombinos menos conocido de nuestro continente, y cuya cultura encierra un universo desbordante de espiritualidad, belleza y significados, porque intenta explicar, desde la cosmovisión de los Selk`nam, por qué son los hombres quienes ejercen el dominio o control sobre las mujeres.

Es el discurso que da cuenta de una forma de simulación, la de las mujeres que se “convierten” en espíritus y engañan así a los hombres, el mecanismo escogido para mantener el dominio matriarcal. Es también este mito acerca de la justificación de la violencia y la muerte por parte de los hombres como respuesta al engaño descubierto. Y, nuevamente, es el conocimiento vedado, esta vez a las mujeres como mecanismo para perpetuar el dominio de un grupo, ahora convertido en sociedad patriarcal.

En los mitos bíblicos “apócrifos” será el Conocimiento el motivo de la “caída”, y culpable será la mujer, pero no es sino una interpretación, la voz masculina, el discurso totalizante y totalizador de los patriarcas quienes aprovecharán de endosarle al sexo femenino culpas, castigos y sufrimientos. Es una interpretación efectuada a la medida de la mentalidad masculina y el inicio, la explicación por así decirlo, desde una perspectiva histórica, de la cultura patriarcal. Un discurso sacralizado porque ha sido el propio Dios – dicen los hombres - quien ha decidido que así sea. Convenientemente, fuera de estos relatos ha quedado la sin par Lilith, la deslumbrante primera mujer de Adán, quien, como toda mujer divorciada o que ha abandonado el hogar para buscar su propio camino, es silenciada por la familia. De ella se omite hablar, es algo así como la loca del ático. Nuevamente es el ocultamiento la forma de dominación.


Me pareció interesante recurrir a estas historias, a estas explicaciones míticas, a estos hermosos discursos y voces intemporales que vienen hasta nosotros para hacernos reflexionar acerca de los discursos de género, un tema de múltiples voces que WAFI SALIH, aborda en sus ensayos que llevan por título IMÁGENES DE LA AUSENTE. Un asunto que se mantiene siempre vigente, y ello, debido a que los viejos paradigmas hegemónicos persisten en ser legitimados por los discursos y prácticas dominantes en las sociedades contemporáneas. Ello, pese al innegable avance que hemos alcanzado las mujeres en materia de derechos políticos, sociales, reproductivos o económicos durante el siglo XX y lo que va de este. Pero no es suficiente, no lo sentimos así y no se trata de quitarle o ganarle espacios al hombre. Y es que las prácticas que mantienen silenciadas a las mujeres, se perpetúan y parecieran decir a cada momento “esto ha sido así desde tiempos inmemoriales” justificando de esta manera la dominación y el cercenamiento de las voces femeninas, a las que Salih llama “ausentes”.

La voz de Wafi Salih es una invitación a asomarse a nuevas formas de subjetividad para referirse al sujeto femenino. Una relectura acerca de los Estudios de Género, planteado desde lo sociológico y filosófico, pero también desde lo poético y lo mítico en y a través de la escritura de y sobre mujeres. Para ello la autora selecciona cuidadosamente, con rigor intelectual y con pasión, los mitos, las historias, los relatos, los personajes, los discursos que apoyarán su tesis,

Sí, es ambiciosa la propuesta discursiva de Wafi Salih, pero además, la autora nos sugiere revisar los paradigmas que en torno a la mujer, han creado, fundamentalmente, las voces patriarcales y canónicas, y propone, en cambio, un diálogo que busca mostrar las complejas y diversas construcciones que dan cuerpo a las identidades de los muchos “sujetos femeninos”. Como si ello fuera poco, nos invita a imaginar nuevas formas de subjetividad. Porque de lo que tratan estos ensayos es de ofrecer una interpretación plural, múltiples lecturas desde la perspectiva del sujeto femenino que critica y cuestiona las matrices morales, políticas e ideológicas marcadas en el relato como proceso entrecruzado de ficción e historia. A la vez, plantea una modificación discursiva y, por qué no, conductual, en las relaciones entre los géneros.

Mirando Valparaíso desde el Cerro Cordillera, 2002

Mirando Valparaíso desde el Cerro Cordillera, 2002
Mi casa era el viento ululando por Valparaíso,/las luces de Quintero/los perros vagos deambulando por las calles.

En las alturas titeremundanas

En las alturas titeremundanas

John Márquez tras la cámara y Rodrigo Acosta en la dirección del programa infantil Títere Mundachi.

John Márquez tras la cámara y Rodrigo Acosta en la dirección del programa infantil Títere Mundachi.

En el bosque titeremundano...

En el bosque titeremundano...

Aunque algunos parezcan mutantes... Noo! Es Títere Mundachi

Aunque algunos parezcan mutantes... Noo! Es Títere Mundachi
Grabando en Mérida el programa infantil que dirige Rodrigo Acosta. Un montón de locos creativos con él a la cabeza han dado cuerpo a esta serie televisiva.

En pleno rodaje y con mucho frío.

Un felino porteño

Un felino porteño
Personaje característico de las calles de Valparaíso, visto por Marcela Latoja.

La ciudad que se deshace lentamente.

La ciudad que se deshace lentamente.
Siempre Valparaíso, por Marcela.

Subiendo hacia el Cerro Concepción.

Subiendo hacia el Cerro Concepción.
Los colores de la ciudad. By Alex Aguero.

Siempre presente... Allende.

Siempre presente... Allende.
Bajando por Almirante Montt, hacia Plaza Aníbal Pinto. Otra foto de Alex Aguero.

En pleno Almendral, mi escuela.

En pleno Almendral, mi escuela.
Escuela Ramón Barros Luco, Valparaíso. Es una construcción que data de 1926 y debe su diseño al arquitecto Alfredo Azancot. Conjuga diversos estilos y aunque ha sido modificada en su interior, aún conserva su misterio, como sus fantasmas, por ejemplo. Quienes estudiamos allí tenemos más de una historia al respecto.